¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?
Vivimos rodeados de ruido. Opiniones instantáneas, indignaciones de saldo, épicas de cartón piedra y gente muy convencida de cosas que no ha puesto a prueba jamás. En medio de ese circo aparece una actitud que no pide likes ni permiso: el melasudismo. Y junto a él, como columna vertebral silenciosa, la afouteza. Vamos a intentar aprender algo.
El melasudismo no es pasotismo, aunque a los simples les cueste distinguirlo. No es dejadez ni cinismo de bar barato. Es una posición consciente ante la vida y, sobre todo, ante la muerte. El melasudista entiende algo que incomoda: la vida no se controla, se atraviesa; la muerte no se evita, se acepta. Cuando asumes eso, dejas de desperdiciar energía en batallas inútiles y empiezas a elegir con cuidado dónde pones el foco.
Aquí no hay huida. Hay selección. Al melasudista le importan pocas cosas, pero le importan de verdad: la lealtad, la palabra dada, el trabajo bien hecho, la gente que está cuando toca y el compromiso con uno mismo. Todo lo demás —el qué dirán, el postureo moral, la opinión del cuñado ilustrado— pasa automáticamente a segundo plano. No por desprecio, sino por higiene mental.
Entender que la vida es finita tiene un efecto secundario maravilloso: deja de darte miedo decepcionar a quien no importa. Y te vuelve intolerante a la mentira, empezando por la propia. El melasudista no finge entusiasmo, no finge sumisión y no finge miedo. Trabaja, cumple, se equivoca, se levanta y sigue. Sin drama. Sin relato épico. Sin venderte cursos de nada.
Cuando aparece la muerte —propia o ajena— no entra en pánico ni en melodrama. La mira de frente, como ha mirado la vida: con respeto, serenidad y memoria. Porque el melasudismo no promete felicidad eterna ni éxito garantizado. Promete algo mucho más incómodo y valioso: dignidad cotidiana. Coherencia. No vivir arrodillado.
Y aquí entra la afouteza, que no es una palabra bonita para tatuarse sin entenderla. La afouteza no es valentía de arranque ni coraje de fin de semana. Es valor sereno. Coraje consciente. Decidir avanzar sabiendo que puede doler y aun así no retroceder. No es ir a lo loco ni gritar más alto; es mantenerse firme cuando aprieta y nadie aplaude.
La afouteza se manifiesta en lo cotidiano, no en los discursos. En aguantar sin victimismo. En elegir sin pedir permiso. En asumir consecuencias sin llorar ni señalar fuera. En seguir cuando otros se excusan. Tiene poco de épica y mucho de resistencia interior. Por eso encaja tan bien con el melasudismo: porque ambos parten de la misma premisa adulta. La vida no es justa, pero tu actitud sí es responsabilidad tuya.
El melasudista con afouteza no va de héroe ni presume de nada. No busca reconocimiento ni likes. Simplemente no se rompe. Sabe que la mediocridad organizada se alimenta del miedo y del ruido, y decide no participar. Hace lo que toca, cuando toca, aunque no apetezca. Mantiene la palabra dada incluso cuando sale caro. Y duerme tranquilo, que no es poca cosa en estos tiempos.
No hay promesas de inmunidad al dolor ni manuales de autoayuda. Hay una ética práctica: vivir de pie, aceptar límites y no delegar la propia dignidad en terceros. Eso, hoy, es un acto de rebeldía silenciosa. Sin pancartas. Sin consignas. Con hechos.
El melasudismo y la afouteza no te harán popular. Tampoco te salvarán de equivocarte. Pero te evitarán algo peor: vivir fingiendo, arrodillado ante el miedo o la opinión ajena. En un mundo obsesionado con parecer, elegir ser es casi revolucionario.
¡Se me tecnologizan!
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