Cuando se llevan tantos años en el mundo tan particular y amplio como el del transporte por carretera, sea de mercancías o de viajeros, visto primero desde el punto de vista de un conductor asalariado y ahora como editor, uno llega a la conclusión que la verdad sobre la situación de estos dos sectores gemelos, es dura, muy dura.
Escribir describiendo esta realidad está en riesgo grave de generar polémica, pero da igual, es la que es, desde el punto de vista de alguien que no es más que un mero observador diario, que ve como crece el pesimismo de una manera alarmante cada día entre los conductores profesionales.
Tal vez ese pesimismo generalizado sea como consecuencia de que la gran mayoría de los profesionales del volante, tanto de camión como de autobús, tienen una edad muy próxima a la jubilación y que muchos de ellos ya se han ganado sobradamente el derecho a estar ya disfrutando de una jubilación más que merecida.
Pero vayamos a la verdad, la cruda realidad:
Este pesimismo que vemos a diario está minado por un maltrato de años a conductores profesionales a los que desde los dueños de las empresas se les veía como «una pieza más del camión o del autobús», unas personas a las que se trataba y se trata todavía, en muchos casos, como alguien al que explotar al máximo para sacar un beneficio económico sin importar para nada su vida familiar, personal o económica, a los que se abandonaba a su suerte cuando venían mal dadas.
Ahora que vemos por todos los lados que hacen falta miles y miles de conductores profesionales en España y el resto del mundo, ya nadie se acuerda de aquellos años en los que a la entrada de muchas empresa había un cartel que decía «No se aceptan los curriculum de españoles»; pocos empresarios de aquellos se acuerdan, ahora aceptan con los ojos cerrados a cualquiera que entre por la puerta con un permiso para conducir camiones o autobuses, da igual si tiene experiencia o no o si es buen o mal profesional.
Nadie se acuerda cuando miles y miles de grandes conductores profesionales se vieron obligados a aceptar el salario que les ofrecieran, sencillamente porque no sabían hacer otra cosa y tenían la mala costumbre de mantenerse ellos y a sus familias.
Nadie se acuerda cuando muchos de ellos se vieron obligados directa o indirectamente a cometer ilegalidades con el tacógrafo a riesgo de sus propias vidas, vidas de grandes profesionales que se quedaron en las carreteras, que luego era inmediatamente sustituidos por otros; es más, se de empresas ya desaparecidas que ponían como beneficiario del seguro del vida del camionero al empresario y en caso de accidente preferían que se muriera porque ganaban más de lo que valía el camión incluida la mercancía; verdad dura, pero real.
Nadie se acuerda tampoco de cómo se potenciaba que se hicieran miles y miles de kilómetros al mes incentivando con dinero esos kilómetros aunque se hicieran de manera ilegal, aunque hay que reconocer que muchos conductores profesionales los aceptaban encantados y hacían todo lo posible por devorar kilómetros sin importarles su propia seguridad; incluso hay muchos que todavía lo hacen y encima se ríen de los que cumplen las leyes o reclaman su cumplimiento.
Es una verdad que, ahora que hacen falta conductores profesionales, es el momento ideal para que se rechacen trabajos y ofertas que no cumplan con los convenios colectivos, es el momento para que los empresarios piratas tengan sus camiones parados porque no encuentran nadie dispuesto a ser su esclavo. Es el momento de hacerse valer como profesionales. Es el momento ideal para que los verdaderos empresarios comiencen a darse cuenta que el mayor y mejor capital de sus empresas son los trabajadores a los que tienen que cuidar potenciando su implicación en el buen funcionamiento empresarial del que tienen que beneficiarse todas las personas que las componen.
Es triste, muy triste, que haya trabajadores que echan pestes tanto en redes sociales, como en conversaciones cuando se juntan varios, contra los sindicatos, ya huele a podrido y manido eso de que «son unos comegambas», con desprecio e ignorancia hacia quienes son los únicos que pueden defender sus derechos; porque las soluciones a esas ignorante crítica son muy sencilla: afiliarse masivamente y moverles del sillón a esos representantes sindicales que no luchan por sus derechos, así de simple.
Como también es verdad, que los dirigentes sindicales del transporte tienen muy claro el escaso apoyo con el que van a contar en caso de huelgas o movilizaciones, tan solo tiene claro el apoyo de los conductores profesionales del transporte de viajeros por carretera, algo que deja muy claro que a los del transporte de mercancías por carretera se les va la fuerza por la boca en redes sociales y que, a la hora de la verdad, no tienen el valor suficiente para secundar reivindicaciones más que justas, dura verdad esta.
Quizá, como decía al principio, todo lo anterior sea como consecuencia de que la gran mayoría de los conductores profesionales en activo están muy cerca de bajarse de camiones y autobuses por la edad, hartos y cansados de ser explotados y humillados, y sobreviven el día a día como una cuenta atrás desesperada por jubilarse, rezando cada día porque las enfermedades que arrastran de tantos años y no les reconocen no les lleven a perder la vida trabajado.
Seguramente este artículo de opinión se quede corto, tiempo habrá de volver con más duras verdades, al menos las que uno ve, pero siempre queda la esperanza de que sirva para para que alguien reflexione y se tome en serio hacerse valer como profesional y como persona, porque la dignidad personal es lo más importante, muy por encima del dinero o los caramelos envenenados que les puedan ofrecer a cambio de estrenar camiones, por ejemplo, que esa es otra.
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