Cuando ponerse al volante genera pánico: qué es la amaxofobia

Se llama amaxofobia, el miedo intenso y desproporcionado a conducir, y es mucho más frecuente de lo que se suele pensar

Se llama amaxofobia, el miedo intenso y desproporcionado a conducir, y es mucho más frecuente de lo que se suele pensar

Conducir significa independencia para la mayoría de la gente, pero para miles de personas en España supone una experiencia de auténtica angustia. Se llama amaxofobia, el miedo intenso y desproporcionado a conducir, y es mucho más frecuente de lo que se suele pensar: según un estudio de referencia de la Fundación CEA, en torno al 28% de los conductores experimenta algún grado de ansiedad al volante. No hay que confundirla con los nervios lógicos de quien acaba de sacarse el carné; en sus formas más intensas puede llegar a condicionar por completo la vida diaria.

Un trastorno más extendido de lo que parece

La amaxofobia no depende de la falta de experiencia ni de la inseguridad al volante: es un miedo desproporcionado que aparece antes o durante la conducción y que puede provocar taquicardia, sudoración, sensación de falta de aire, mareo o bloqueo mental, además de pensamientos catastróficos relacionados con perder el control o sufrir un accidente. Su intensidad varía mucho de una persona a otra. Algunas evitan situaciones concretas, como conducir de noche o por autopista; otras terminan por abandonar la conducción por completo, y en los casos más severos, incluso viajar como pasajero puede desencadenar los síntomas.

Por qué aparece

No existe una única causa. El desencadenante más habitual es haber vivido una experiencia traumática al volante —un accidente, aunque haya sido leve, puede dejar un miedo persistente a volver a conducir—, pero también influyen la ansiedad generalizada, la inseguridad personal, el miedo a perder el control o haber pasado mucho tiempo sin conducir. La presión social durante el aprendizaje o experiencias negativas con el examen práctico son otros factores frecuentes. En muchos casos el problema se agrava de forma progresiva: se empieza evitando la autopista y, con el tiempo, se termina limitando cada vez más los desplazamientos.

El impacto en el día a día

Reorganizar la vida entera para evitar conducir tiene consecuencias reales: dificultades laborales, dependencia de familiares o pareja, limitaciones para viajar y, en los casos más aislados, cierto grado de aislamiento social, especialmente en zonas con poco transporte público. A esto se suma un componente emocional importante: la frustración, la culpa o la sensación de incapacidad son habituales entre quienes conviven con esta fobia, sobre todo cuando sienten que su entorno no llega a entenderlo.

Tiene tratamiento, y funciona

La buena noticia es que la amaxofobia puede tratarse y, en la mayoría de los casos, superarse con ayuda profesional. El abordaje más habitual es la terapia cognitivo-conductual, que trabaja tanto los pensamientos asociados al miedo como la exposición progresiva y controlada a la conducción. En algunos casos se combina con técnicas de relajación, respiración o entrenamiento práctico acompañado por especialistas. Evitar conducir tiende a reforzar el miedo en lugar de reducirlo, por lo que buscar apoyo cuanto antes es clave para que la fobia no termine condicionando cada vez más áreas de la vida.

Perder el miedo al volante también pasa por confiar en el propio coche: saber que los frenos, los neumáticos o las luces están en buen estado aporta la tranquilidad necesaria para afrontar la conducción con más seguridad.

Fuente: EuroTaller

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