Me paso la vida intentando hacer ver a mis clientes, conductores y empresas de transporte, la importancia de la responsabilidad civil y penal. Sobre todo a la parte de los trabajadores ya que, para ellos, el tacógrafo y el reglamento deben ser como la Biblia para un sacerdote.
Lo de pasarse de las 90 horas bisemanales, los movimientos partiendo el descanso diario (o la pausa). Esos intentos de engañar a la «máquina», así como los excesos que muchas veces los conductores cometen por costumbre o negligencia, porque hay que llegar a casa, porque el jefe le dice que tire, porque la empresa se hace cargo de la multa…, todo eso no trae nada bueno.
El mito del «todos lo hacen» y la falta de conocimiento sobre las responsabilidades civiles y penales
Vivimos en la cultura del “siempre se ha hecho así y nunca ha pasado nada” o del “aquí trabajamos así, todos lo hacen”. Pero el azar es un pésimo socio de inversión. Esas irregularidades que permitimos o cometemos, ese imán que ya no se pone pero cuyo espíritu sigue vivo en otras trampas digitales, ese vehículo que no está en condiciones de circular o no lleva la ITV en vigor. Todo eso son boletos para una lotería en la que nadie quiere que le toque el gordo.
El problema real es que el riesgo se normaliza. Cuando juegas a la ruleta rusa y el tambor gira vacío la primera vez, te crees invencible. La segunda, te crees un experto. A la tercera, el camión de 40 toneladas se convierte en un arma de destrucción masiva.
Como tampoco trae nada bueno ver que el vehículo no está en condiciones de circular y circulamos, el afán empresarial por rentabilizar al máximo los viajes, el «nunca pasa nada», el miedo a enfrentarse a un cargo superior en la empresa o el «muchos lo hacen así». En estos casos siempre les digo lo mismo a los conductores: que se paren y llamen al 062 o a los agentes encargados de la seguridad vial del territorio en el que se encuentren. No eres peor trabajador por negarte a mover un ataúd con ruedas; eres un profesional que respeta su vida y la de los demás.
Cuando «la empresa paga la multa» ya no sirve
Luego pasa algo y nos arrepentimos todos menos quien ha fallecido; él ya no se preocupará de nada más. Pero, para los que se quedan, ya nada será igual. Han perdido a un ser querido y eso ya no tiene arreglo. Y ahí es donde se desmontan los castillos de naipes y las palmaditas en la espalda.
Cuando el camión termina volcado en la mediana o invade el carril contrario, las palabras se las lleva el viento. El «tira, tira» del jefe de tráfico no consta en ningún sitio, y los mensajes de WhatsApp se vuelven papel mojado ante un juez de lo penal.
Cuando se abre una investigación de la Guardia Civil de Tráfico o de la Inspección de Trabajo, las multas administrativas —esas que la empresa prometía pagar tan alegremente— se transforman en penas de banquillo. Y la cárcel, señores, no la extingue un cheque bancario ni un escrito por WhatsApp asumiendo responsabilidades que, en ningún caso, se van a eludir.
Hoy ha llegado a mis manos una sentencia que quita el hipo y que demuestra, otra vez, que la ley no se anda con chiquitas cuando la negligencia es flagrante:
.- El detonante: Un reventón en carretera por un neumático delantero totalmente desgastado y usado que «decidieron colocar» a sabiendas.
.- El resultado: Un conductor fallecido dejando mujer e hijos menores.
.- La consecuencia penal: El administrador de la empresa condonado a 2 años y 6 meses de PRISIÓN y los jefes de taller a 1 año de prisión, todos en concurso ideal por homicidio imprudente y delito contra los derechos de los trabajadores. Además de indemnizaciones solidarias que superan los 450.000 €.
La ley no entiende de «paños calientes
Este caso real no es una excepción, es el reflejo de cómo funciona el Código Penal. Frente a un accidente mortal con deficiencias técnicas, fatiga extrema demostrada o irregularidades en los registros del tacógrafo, la responsabilidad va en cascada. Cae el administrador por permitir una política de ahorro suicida y cae el jefe de taller por firmar un mantenimiento ficticio.
¿Y el conductor?
Puede caer el propio profesional (si sobrevive) por imprudencia grave. Pero ojo: en otros casos donde el conductor no es la víctima, sino el actor del accidente o una parte implicada, se le mira con lupa cada detalle y cada movimiento en el tacógrafo. Ahí ya no hay excusas que valgan.
La responsabilidad en carretera y en prevención de riesgos laborales no es negociable.
Ningún cliente, ningún cargador, ningún incentivo por entrega urgente vale más que tu vida o la libertad de quienes dirigen la empresa. La próxima vez que alguien te diga «tira, que no pasa nada», recuerda este artículo. Porque un día pasa. Y ese día, el «lo siento», el «me dieron permiso por WhatsApp» o un escrito firmado no eximen de prisión.


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